Éste blog, ya no existe.

Lo que fue www.mzn.cl, hoy es www.sebastianecheverria.cl.

martes, mayo 08, 2007

El animal que todos llevamos dentro

En el segundo número de la Revista Cultural Ciudadana, Camilo Rojas se mandó este tremendo texto:

Abriendo esta sección de crítica existencial, aparentemente muy libre –más de lo que realmente es–, creo pertinente hacer referencia a nosotros los humanos en tanto animales. El modo de plantear la crítica existencial, por razones diversas que, imagino, podrán deducir rápidamente, no será el ensayo ni la poesía, es decir, nada muy pretencioso: el modo será el que utilizamos cuando nos topamos con un amigo en la esquina y comentamos algo despreciable de la existencia: hacemos una verdadera crítica existencial.

Introduzco: Cursábamos el primer año de la carrera de psicología; éramos jóvenes ávidos de explicaciones acerca de la singularidad humana. No sabíamos casi nada, pero tampoco éramos tan estúpidos como para no darnos cuenta de lo que estaba pasando.

Fue a mediados del segundo semestre. Uno de los ramos de la malla obligatoria llevaba el nombre de “Desarrollo Personal y Profesional”, y estaba a cargo de una administrativa de alto rango en nuestra facultad. Desde el principio nos pareció sospechoso: tan simpática, tan lúdica: todo indicaba que estábamos siendo parte de alguna investigación rara. Pero preferimos esperar.

Una mañana, luego de sentarnos en círculo y cada uno contar cómo estuvo el fin de semana, se nos entregó una hoja para que anotásemos el animal que llevábamos dentro. Perdóneme profesora, pero yo no llevo ningún animal adentro, atinó a decir una compañera, pero la profesora sonrió y, acercándosele lentamente, le dijo que no sea tímida, que no se preocupara por el qué dirán, que en el fondo todos llevábamos un animal adentro, y que como buenos psicólogos en formación debíamos conocer bien el nuestro y dejarlo salir de vez en cuando.

Las instrucciones fueron ponernos de pie, caminar todos en círculos por la sala, y, al aviso de los aplausos de la profesora, quedar frente a la persona que iba pasando más cerca y emular a nuestro animal, dejarlo salir frente a nuestro compañero. No se puede negar que los resultados fueron chistosos, pero eso no sostiene la idea. Yo me negué a hacer el ridículo y dije que mi animal interior era un ser humano, que tan animal es como el resto, frente a lo cual la profesora se enojó y dijo que el humano no contaba. Entonces se desenvolvió una discusión en la cual mi principal argumento era que yo iba a la Universidad a estudiar y no a hacer terapias norteamericanistas para maridos separados o alcohólicos anónimos. La profesora decía que se aprendía mejor practicando, y que además en el caso del psicólogo era más importante aún eso de conocer la experiencia. Algo de razón tenía, pero aún no había justificación para tenernos a todos haciendo el ridículo, y aunque no formase parte de mi argumentación, seguía creyendo firmemente en la tesis de que formábamos parte de algún experimento o, al menos, de una cámara escondida.

Después de un rato, frente a la terquedad del estudiante, la profesora decidió aplicar otra estrategia y dijo bueno, oquei, está bien, el ser humano va a ser tu animal interior –obviamente en ese momento se escucharon murmullos por la sala: a muchos de mis compañeros les pareció injusto y amenazaron con cambiar su animal de tigre a humano, pero con un gesto sutil la profesora dio a entender que no les convenía el cambio, que había cedido estratégicamente, que ya iban a ver cómo ganaba la contienda animal–, muéstrame ahora tu animalidad, ¿a ver?, dónde está tu animal humano, preséntaselo a tus compañeros...
Seguir leyendo.