8 meses interrumpidos llevo viviendo en
Estados Unidos. Hablando un idioma distinto, tratando a las personas de distinta forma, acostumbrándome de poco a nuevas costumbres y a pequeños detalles que, al fin y al cabo, son los que definen los estilos de vida. Varias son las cosas que valen la pena, que se rescatan de la cultura gringa; otras varias son las que deseperan y que no se pueden pelear; muchas las cosas que se aprenden y algunas pocas se resisten diariamente causándome constantes sonrojadas, usuales tartamudeos y una que otra chuchada. A fin de cuentas, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
Uno.- Ante la ausencia de la distinción entre ve y be (labio-dental y bilabial, respectivamente) en español, sigo diciendo cosas como
berb, en lugar de
verb; palabra algo común en clases de lenguaje.
Dos.- En mis intentos diarios por saborear algo remotamente similar a los gustos que tanto extraño, además de fabricarme
italianos con una especie de guacamole de lo menos natural y ponerle salsa picante al puré, a todo sánguche que me como pido -o intento pedir- que me unten los dos pedazos de pan con mayonesa, cosa que nadie hace por acá, encontrándome de lo más cerdo que hay. El problema surge en mis infinitos intentos por pronunciar la versión inglesa del sabroso batido de huevo, aceite, jugo de limón, sal, preservantes y saborizantes:
mayonnaise. Me es profusamente rebelde. "Mayonais" digo con esfuerzo, pero en lugar de mi pan untado con mayonesa, lo que consigo es que me acerquen la oreja para que repita el pedido. "Mayoneis" digo ahora, pero como respuesta recibo una mirada impacientemente curiosa. "Meyonais", "Meioneis", "Maioneis", "Maionais"... ¿"Maio"? Si no estoy de suerte y alguien que sabe de mi incapacidad está casualmente conmigo y dice
mayonnaise en mi lugar, no tengo otra opción que apuntar con el dedo al menjunge blanquesino. [meɪə'neIz]... imposible.
Tres.- Casi todos los días, cuando entro a la ducha cometo el mismo error. Cada día al abrir la llave del agua y largar la ducha, como le debe pasar a cualquiera, el agua nunca está a la temperatura adecuada, un tanto fría o demasiado caliente. Entonces, se procede a regularla. Pero conmigo no hay caso, luego de cerca de 220 duchas no aprendí que la hache significa
hot y no,
helada, mientras la ce, significa
cold y no
caliente; y así todos los días o me quemo o todo se encoje.
Cuatro.- Tornándonos algo más culturales, todavía no aprendo a hacer bromas. A pesar de que el otro día me salió un buen juego de palabras multilingüístico -del que obvio no me acuerdo- entre inglés y francés, en general mis juegos palabras no tienen sentido, ya sea porque lo que creo que suena igual, no suena igual (revísese lo no aprendido número
uno) o simplemente, porque a los gringos no les hace gracia. Asimismo, chistes de corte machista o racista -siempre chistes, por favor- nadie cacha que lo son y me he visto en aprietos al dar la impresión de que soy un racista y sexista de mierda... situaciones que no han sido del todo chistosas.
Cinco.- Nunca aprendí a ver televisión. De los 72 canales que tenemos, sólo me sé el 72, Telemundo, el resto tengo que buscarlos. Siempre se me olvida en qué canal dan Seinfeld a qué hora o dónde transmitían la final de la Champions. Termino siempre haciendo ese zaping insoportable donde ni por un segundo se queda la TV tranquila y el dedo ya funciona más automáticamente que nada, teniéndome involuntariamente viendo televisión sin ver nada en realidad.
Seis.- Cómo es posible que hayan elegido presidente a
George W. Bush... ¡dos veces!
Siete.- Cuánto es un libra o una milla. En la carretera, por más que mi frente se arruga juntando a mis cejas para que multipliquen 95 por 1,6 para saber a cuántos kilómetros estamos de Nueva York, no puedo hacer esa multiplicación. Hasta mi lengua se ha asomado para ayudar a las cejas, a lo más Charlie Brown, pero nada. Nunca sé dónde estoy ni cuánto falta. Del peso... ni hablar. No sé ni cuántos gramos es una libra.
Ocho.- A comer deliberadamente con la boca abierta y con los codos impunemente sobre la mesa. Yo, debo asumirlo y confersarlo, además hablo con la boca llena, pero no con premeditación y alevosía...
Nueve.- El futbol americano. ¿Por qué se llama
football si lo juegan con las manos? En una clase le pregunté a uno de mis alumnos si él había anotado algún
touchdown -llegar hasta la línea de fondo con la pelota controlada- y me respondió que ¡NO!, que él no tenía permitido tocar la pelota durante el partido.
Diez.- Que las clases, reuniones y eventos en general empiezan a la hora y no
al tiro. Salvo que lidies con los profesores de español... menos mal. Acabo de dormirme para una reunión, pero no importa porque a mi jefe también se le olvidó.