Anosmia: (sust.f.) Pérdida o disminución del sentido del olfato.
Anosmio: (sust.d.) Sujeto víctima de anosmia.
Ese olor a pan tostado... no lo conozco.
Ese obligatorio paso por el Zajón de la Aguada, al llegar a San Joaquín, no me molesta.
Andar en micro un día de lluvia, me es indiferente.
Aquel perfume de aquella mujer en aquellos momentos... es mi frustración (y la de ella).
La vida de un anosmio no es necesariamente infeliz, aunque sí debemos enfrentarnos a constantes molestias. A los peligros en la cocina (una vez dejé abierto el gas por más de 15 minutos no me di cuenta hasta que el agua no hervía), las involuntarias omisiones de asados y mujeres y a la dependencia a la que nuestro olor corporal nos obliga y a las nuevas omisiones femeninas que esos malos días generan; se suman las eternas explicaciones, a nuestra audiencia cada vez más incrédula de nuestra discapacidad. En realidad, no sé por qué hablo en plural, si soy el único que conozco.
La típica pregunta que se me hace cuando mi impresionada audiencia descubre mi anosmia (palabra que seguro nunca habían oído antes, lo que demuestra la rareza de mi condición) es
-¿Y cómo comís, hueón? -pregunta a la que respondo con obvia y poco amable ironía
-Con la boca, po.
-No po, si el olfato y el gusto son la misma cuestión. -Aseveración que procedo a contraargumentar de manera arrogante, no con el fin de demostrar que sé más que mi interlocutor al respecto, eso es obvio debido a que yo soy el anosmio, sino con el objetivo de terminar con aquella conversación lo antes posible.
Pues, como dice la cultura popular, ante la falta de un sentido, los demás se agudizan. Y las mañas a partir de ellos se desarrollan. ¿A qué voy con tanta autorreferencia virtual? A una confesión que introducirá la primera de las historias que resultaron del último fin de semana en New York City: Confiezo* que soy un mañoso. Mañoseo con todo lo que sea comestible o bebestible y no me sea agradable a la vista. Detesto el charquicán, el pastel de papas y cualquier guiso donde choclos, porotos verdes y cebollas se entremezclan perdiendo su identidad; odio los platos de cartón y los cubiertos plásticos y por sobre todo los vasos plásticos -si alguien me ha tenido de invitado en su cumpleaños, lo sabrá con certeza-. Asimismo, no soporto tomar cosas en los recipientes que no les corresponden: el vino en copa, la piscola en vaso largo y el café en tazón. Y nada de plástico, obvio. "Mañoso culiao", pensarán los que no han oído esto antes, pero pónganse a pensar si les sirvieran café en una taza con olor a sopa de espárragos, o si el plato donde van a comer ensalada, tuviese olor a pescado... o piensen cuánta gente no come pescados por el olor que éstos emanan.
El desarrollo de esta maña ha llegado a niveles insospechados. No sólo no tomo en vasos plásticos, si es evitable por supuesto, sino que en mi misma casa hay vasos que utilizo y otros que no. Para la cerveza, tengo vasos especiales; para el agua o las bebidas, igual; para el café, mi tazón. Mi tazón era negro, entero, salvo por las letras blancas que se leían: American Museum of Natural History. Si me traían mi café en otro tacho... iba a la cocina y lo cambiaba. Hasta que un día, haciendo las cosas maquinalmente, sin cuidado, dando las cosas que valoras por sentado, el tazón resbaló de mis manos, se fue el suelo, en cámara lenta hizo contacto con el azul enbaldozado de la cocina, partiose en dos pedazos grandes, uno que mantuvo la oreja y otro que se hizo de la mayor parte de la base, y muchos pequeños pedazos pequeños que se escabulleron por toda la cocina. Fue un día gris... el tazón que era blanco por dentro dejó de sostener líquidos y se fue como toda pieza de loza rota, a la basura. A partir de ese día ya no hubo un café que sabiese igual...
continuará...
* Sé, no vayan a creer que no, que la ortografía de la palabra es "confieso", con ese en lugar de la zeta con que está escrita. Pero, ¿no creen que con zeta tiene como más power la palabra?