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lunes, marzo 20, 2006

Réquiem

Hace algunos días atrás me contaron que había fallecido la hermana de mi abuelo, la tante Elizabeth, la única persona -creo- que siempre llamé a la alemana. Aunque me dio pena, no me dio la rabia e impotencia tradicional que me urge cuando alguien muere. Será porque tengo la sensación de que morir a los 95 años, cuando la vida cumple su ciclo, no es sino el destino natural de cada uno de nosotros.

Pena, seguro. Mi tata, mi mamá, mis tíos y mis primos, siempre da pena cuando ya no veremos nunca más a alguien que quisimos. Son esas lágrimas que se entremezclan son una sonrisa trancada.

Nuevamente, echaré mano a la prosa de nuestro reportero en Santiago de Chile, el le (o el ma, como ahora se le ocurrió), mi papá, don Mario. Una historia, la última historia de mis padres y su tía. Creo que es el más lindo ejemplo del atardecer de un día vivido a concho.

Hace un par de domingos atrás (o, tal vez, tres domingos atrás), fuimos con la mamá, así de sopetón, a ver a la tante desde Porvenir. Fue en la mañana, ya que volvimos a almorzar.

Previamente, ponte tú, una semana antes, había ido la Eliana Galarce (una amiga de la familia) que, como debes saber, es como que fuera medio hermana de los Titze... No tiene mucha importancia, pero sí. Resulta que la señora había encontrado a la tante súper mal, decaída, sin ganas de hacer nada, ni de hablar, no reconocía, y etcéteras. Eso dejó a tu abuelo muy requete mal y muy requete preocupado.

Preocupados también nosotros, obviamente tu mamá más que yo, aunque yo quería harto a la viejita, partimos, como decía, en viaje desde el Provenir hasta Quilpue donde, para variar, me di la vuelta del perro, me pasé, me devolví, hasta que llegamos.

Entramos y encontramos a la tante en su camita, con los ojitos cerrados… pero, al saludarla, los abrió. Vio primero a la Mónica y ¡se alegró tanto! Sonrió y, aunque se notaba que ya no era la misma, le habló… despacito, pero habló.

Después me vio a mí y ¡se alegró tanto!

Preguntó por todo el mundo… por su hermano, por ustedes, por la Sonia.

Claro que hablaba a ratitos… como cansadita.

Entremedio, tratando de tener una conversación más trivial, salió el tema… algo así como
-¿Y? ¿Cómo te tratan?
-Bien…
-¿Y la comida?
-Mala...
-¿Por qué?
-Por que me dan puras porquerías, no más...
-¿Y qué te gustaría comer?
-Una empanada…

Luego de rápidas y urgentes averiguaciones, determinamos que por qué no, caramba.

Dejando raudamente atrás las instalaciones del Hogar, dirigí mis pasos a donde me recomendaron y compré una empanada.

Raudamente, de nuevo, llevé la empanada a las instalaciones del Hogar y se la entregué.
-Mira lo que te trajo el Marito, tante (N de la R: el ma también podría ser un nickname adecuado… ¿o no?)
-¡Qué rico!

En el intertanto, las amabilísimas enfermeras ya la habían provisto del almuerzo que, obviamente, encontró malo y desabrido. El problema más principal es que tenía prohibida la sal. Por eso, comía poquito.

En resumiendo, como dicen en el campo, luego de sorbetear una sopita, la tante tomó la empanada, retiró, delicadamente, el cachito y se la comió. Con calma, feliz, saboreando cada mascadita.

Luego, trató de comerse el pavo con puré que le habían servido y, por supuesto, lo encontró pésimo.

Nos despedimos y nos fuimos, rogando que la empanada no matara a la pobre viejita.

Al día siguiente estaba de cumpleaños y, no solo no estaba muerta, sino que supimos que estuvo comiendo torta. O sea, ni siquiera se enfermó de la guata

Fue la última vez que la vimos...

La tante Elizabeth y sus hijos. Algún año por ahí por el 2000.