La historia comienza aquel fin de semana cuando partía NYC con Juanita. El plan, seducirla en la capital del mundo. Un romántico pastel de choclo en el Pomaire, un paseo por Broadway y Times Square y un trago en algún bar por el barrio. Al día siguiente, visitaríamos el Museo de Historia Natural y recorreríamos el Central Park, haríamos un picnic y disfrtaríamos de ese oasis verde en medio de los edificios que le rascan la espalda al cielo.
Sin embargo... lo siento, mis palabras trastabillan... el fin de semana de ensueño no fue posible. Al llegar a Nueva York llovía que se las rajaba y el hotel al que íbamos estaba lleno. Eran las 21.30 horas, llovía un sábado en Nueva York y nosotros sin una cama donde dormir. Figuraba yo, con unas páginas amarillas juntando monedas para llamar hoteles y preguntar si tenían habitaciones libres para esa noche. Mientras Juanita, con su figura inquieta corría pasillo arriba y pasillo abajo, trepando los pequeños gomeros que había en el lobby... como si fuera tarde a clases.
–¡Juanita! –exclamé con emoción –Encontré dos camas a 7 cuadras. –Parada en sus patas traseras, con la cola erguida y la cabeza ladeada, Juanita me escuchaba quieta, por un segundo.
Estábamos en Broadway con la calle 95 e íbamos a la 103, unas cuadras antes del fin del Central Park. Pero eran 7 cuadras hasta la 103, después la izquierda eran 5 más. Por entre altísimos edificios tipo blocas, donde Juanita algo asustada por lo oscuro del callejón se acurrucó en mi cuello. Yo caballero la acepté, aunque no va a falta la desubicada que cree que me metí ahí precisamente para asustarla e interpretar el rol de macho protector, siendo esto parte de mi macabro plan para conquistar su corazón. Al llegar al hotel, hicimos el check in y nos instalamos en la pieza: cinco camarotes, ocho camas ocupadas y dos libres, obviamente arriba. Eran las 12.30 de la noche y ya mis planes eran un fiasco. Decidimos ir a comer. Y luego aventurarnos hacia Times Square…
Todo iba tan bien, en la foto pueden ver cómo a las 2 de la mañana en la estación de la calle 96 (de la línea roja –el metro de NYC es un sistema muy complejo), estábamos felices. No era lo planeado, pero yo sentía como el pulso en el corazón de Juanita se aceleraba, iba mucho más rápido que el mío, la verdad es que a esas alturas yo creía que todo iba bien. Pero el día siguiente se encargó de destrozar mi corazón y mis esperanzas, como un camión de cuatro ejes sobre un castillo de arena el domingo se encargaría de dejarme como ese castillo de arena.