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miércoles, noviembre 09, 2005

Juanita y MZN en New York II

Así, igualito que en las películas, esa noche llovió. Pero el sol del domingo auguraba un exitoso día para nuestro romance. Era el día perfecto para un picnic en Central Park. Yo me había robado unos sánduiches del comedor de la universidad y podríamos comprar una latas de bebida en cualquier carrito de hot dogs y pretzels, tan folclórico de la Gran Yo, incluso pensé en soprenderla con unas almendras confitadas de un Nuts4nuts, la expresión indicada entre el folclorismo gringo–chileno.

Cuando salimos del hotel en la mañana, entramos a un típico café neoyorquino, no era el Central Perk ni le hacía justicia ni entraron minas que le llegasen a los talones a Monica o Rachel, pero, aunque, fue divertido comprobar la existencia de lo que vemos en series de tevé y largometrajes hollywoodenses, el café era el más malo que he tomado desde que llegué a los Estados Juntos, y eso es decir mucho. Así, fue donde planeamos el día. Decidimos ir al Museo de Historia Natural, fundamentalmente porque yo quería y ella se compadeció al oír la historia de mi tacho. (Para los nuevos lectores o aquéllos desmemoriados, los posts Decilución y Decilución (segunda entrega) cuentan esa historia y sus reacciones.)

El museo, a pesar de lo impresionante que es, fue un desastre. Consejo: nunca lleven a un animal que están cortejando a un lugar lleno de animales disecados. Y si es una ardilla endógena del alto estado de Nueva York, menos visiten la exhibición del hábitat del alto estado de Nueva York, donde pudo haber sido su padre desaparecido, aquella ardilla disecada… Por mi lado, tras el fracaso que resultó mi búsqueda por mi tacho… esta pareja ya no era una pareja feliz. Pero el plan de un obsesivo, siempre se lleva a cabo.

Al salir del museo, cruzamos la Central Park Avenue, compramos una Pepsi para mí y una diet Pepsi para ella (sean humanas o ardillas, las minas siguen siendo minas). Me senté en la banca y ella en el respaldo. Le ofrecí un sánduich y ella lo rechazó, saltó al basurero, se introdujo en él y regresó con restos de comida de otra persona… “Es increíble cómo aún siento ganas de besarla, –pensé –esto tiene que ser amor verdadero”. Sin embargo, pareció no gustarle aquella indescriptible carne entre ese aluminio arrugado y lo arrojó al césped. Describo este momento para declarar al mundo cómo, no somos los humanos los cochinos que ensuciamos las áreas verdes, sino las pequeñas criaturas las inconcientes contaminantes.

De pronto, la mirada de Juanita quedó fija. Algo había detrás de mí que llamó su atención, profundamente. Su pulso se aceleró aún más y juro que le oí un suspiro. Sabiendo que me arrepentiría por el resto de mi vida, giré mi cuello para averiguar qué es lo que la impresionaba tanto. Una ardilla, de rojo pelaje sostenía una avellana y la miraba como con el cuello medio girado y levantando el hombro opuesto. Uno ojo más abierto que el segundo y una sonrisa pep acentuada por los incisivos intrínsecos de una ardilla. Un guiño canchero terminó de descolocarme. Miré, sin poder creer lo que ocurría a Juanita, y ella escondiendo su mentón en su pecho, sin perder de vista a la otra ardilla y levantando los hombros; podría jurar que estaba colorada… La otra ardilla le extendió su mano con la avellana y con la mirada señaló la copa de uno de los árboles, invitándola a compartir un picnic no sólo en Central Park, sino en un ardillezco penth house neoyorquino. Su oferta era mejor que la mía. Todo un festín de avellanas provisto por el acaparamiento preinvernal con vista al parque… ¡o sea! ¡Hasta el pico!
Cuando ya no era sorpresa, Juanita saltó de la baranda, se reunió con la otra ardilla y subieron raudos al árbol. Mientras su cola desaparecía entre el amarillo follaje, la primera de muchas lágrimas rodaba por mi mejilla…