La "masacre de Cromagnón" desató un escándalo. 13 funcionarios del Gobierno de la Ciudad procesados por homicidio culposo y otros delitos y un juicio social y político contra las altas autoridades de la Ciudad, encabezados por el alcalde Aníbal Chabán Ibarra, por incumplimiento negligente de sus funciones. Asimismo, reaccionariamente, el Gobierno bonaerense clausuró todos los boliches -o centros de divertimiento nocturno- de la ciudad arguyendo que se debía revisar las medidas de seguridad de todos y cada uno de los establecimientos.
La seguridad estaba en entredicho. La corrupción de los mandos medios y la vista gorda de las autoridades políticas salieron a flote, como buena mierda que son, y esta vez no les fue posible tirar la cadena y dejar que los mojones desaparecieran llevándose con ellos su hedor.
Un accidente, sí. Pero muchas preguntas son pertinentes. ¿Vamos a esperar que mueran 194 personas en una discoteque para examinar cuidadosamente la seguridad de nuestros lugares de esparcimiento?
La cuestión no es dejar de ir, ni cerrarlos todos; pero sí preocuparnos de que esté todo en regla. En Chile, yo confío en las autoridades comunales de Lo Barnechea y asumo que todas las discoteques de la Plaza San Enrique cumplen con las medidas exigidas por la ley. Lo mismo pienso de Vitacura, Providencia, La Florida, Viña del Mar, Valparaíso, etcétera. Pero durmiéndonos en los laureles de la confianza y de los bajos niveles de corrupción, capaz que nos vayamos a la mierda.
La ciudadanía somos los responsables de mantener las cosas en orden. La fiscalización y la exigencia de seguridad es responsabilidad nuestra. Medios hay. Imagínense miles de jóvenes concientes de su seguridad, atiborrando las dicoteques de la Plaza San Enrique, todas menos la Sala Murano, ésta vacía hasta que no pruebe que es tan segura como las otras.
¿No es la idea de salir olvidarnos de las pelotudeces de las que tenemos que preocuparnos todo el resto del tiempo? ¿Cuál es el punto de ir a una discoteque si no nos vamos a divertir?