Pascua Feliz para todos,
pascua Feliz para todos,
en todas las tiendas de Falabella,
Pascua Feliz para todos.
pascua Feliz para todos,
en todas las tiendas de Falabella,
Pascua Feliz para todos.
Canta todos los diciembres una aguidísima voz infantil que pasea por los cielos arriba de un trineo en medio del verano junto al viejo ése, que ya estoy empezando a pensar que es pedófilo, si no ¿por qué se va a dedicar a darle regalos a los niños de todo el mundo? No sé qué tipo de padres irresponsables dejan a sus niños salir con un viejo desconocido, y a volar, más encima, yo siempre creí que una de las labores de los padres era mantener a los niños alejados de las drogas.
La pascua es la fiesta del conejito. Aquél que atenta contra todas las clases de ciencia naturales del primer ciclo básico. Siempre creí que mejor que un conejo, debería ser un ornitorrinco el que repartiera los huevos.
En mi casa, la pascua comenzaba un mes antes, cuando mi hermano y yo descubríamos en el calendario que ya no faltaba tanto para Semana Santa -nótese que "no faltaba tanto" podía ser el equivalente a ir a Temuco y estar en Rancagua preguntando "¿Cuánto falta?". Era entonces cuando empezábamos a comer huevos como huevones, rompiendo los óvalos siempre por arriba, haciendo el agujero los más pequeño posible hasta juntar muchas cáscaras, mientras más juntásemos, más dulces y chocolates nos dejaría el ornitorrinco. Y así, todos los días... "Rosa, Rosa, ¿vamos a comer huevos hoy día?", "Mamá, mamá, ¡ya tenemos 30 huevos!"; hasta que el día llegaba, vasos con agua, otros con pinceles y otros con lápices; minúsculos tarros de tempera y todos los huevos reunidos para ser pintados. Algunos no sobrevivían... pero los que sí, daban vida a la fiesta de los huevitos.
Así, el sábado por la tarde déjabamos nuestros canastos vacíos en la terraza y por la mañana ¡ya no estaban allí! ¡Había pasado el ornitorrinco y los había escondido! La pascua siempre era buscar el canasto; y encontrarlo... lo que no siempre era fácil. Una vez el mío estaba metido entre toda la leña del horno de barro en Porvenir, no pude encontrarlo, me tuve quer rendir. Otra, amaneció en mi velador de lo más fome, pero tenía como 15 años, así que no me importó; pubertad creo que le dicen. Pero chocolate, siempre era chocolate. La decepeción de los enormes huevos huecos, los porotitos y los huevos pequeños enteros de chocolate...
Pero este año, este año fue distinto. No hubo huevitos. No hubo ni conejo ni ornitorrinco, no hubo búsqueda, ni escondrijos ni nada. Este año fue un domingo cualquiera...
La pascua es la fiesta del conejito. Aquél que atenta contra todas las clases de ciencia naturales del primer ciclo básico. Siempre creí que mejor que un conejo, debería ser un ornitorrinco el que repartiera los huevos.
En mi casa, la pascua comenzaba un mes antes, cuando mi hermano y yo descubríamos en el calendario que ya no faltaba tanto para Semana Santa -nótese que "no faltaba tanto" podía ser el equivalente a ir a Temuco y estar en Rancagua preguntando "¿Cuánto falta?". Era entonces cuando empezábamos a comer huevos como huevones, rompiendo los óvalos siempre por arriba, haciendo el agujero los más pequeño posible hasta juntar muchas cáscaras, mientras más juntásemos, más dulces y chocolates nos dejaría el ornitorrinco. Y así, todos los días... "Rosa, Rosa, ¿vamos a comer huevos hoy día?", "Mamá, mamá, ¡ya tenemos 30 huevos!"; hasta que el día llegaba, vasos con agua, otros con pinceles y otros con lápices; minúsculos tarros de tempera y todos los huevos reunidos para ser pintados. Algunos no sobrevivían... pero los que sí, daban vida a la fiesta de los huevitos.
Así, el sábado por la tarde déjabamos nuestros canastos vacíos en la terraza y por la mañana ¡ya no estaban allí! ¡Había pasado el ornitorrinco y los había escondido! La pascua siempre era buscar el canasto; y encontrarlo... lo que no siempre era fácil. Una vez el mío estaba metido entre toda la leña del horno de barro en Porvenir, no pude encontrarlo, me tuve quer rendir. Otra, amaneció en mi velador de lo más fome, pero tenía como 15 años, así que no me importó; pubertad creo que le dicen. Pero chocolate, siempre era chocolate. La decepeción de los enormes huevos huecos, los porotitos y los huevos pequeños enteros de chocolate...Pero este año, este año fue distinto. No hubo huevitos. No hubo ni conejo ni ornitorrinco, no hubo búsqueda, ni escondrijos ni nada. Este año fue un domingo cualquiera...
