Primero, cuando nuestra más tierna pubertad, con aquel uniforme escolar anudado sobre su planísimo ombligo cantando "...one more time", su primer hit. Entonces, ella niña buena, inocente, públicamente casta y pura, daba rienda suelta a los sueños adolescentes.
Luego, cuando ya fue mayor de edad, nos volvió a sorprender. Con aquel magínifico video de "I'm a slave for you", donde nos comunicaba sus ardientes deseos por complacer los nuestros, la post adolescencia seguía cautivada con ella: la princesa del pop.
Así fue como llegó el apogeo: en los Mtv Music Awards 2003 cuando Madonna, la reina del pop, la besó a la francensa antes los ojos atónitos del mundo masculino. La capacidad de asombro estaba en su pic, la promesa de esta niña, ya no tan buena y probablemente ya no tan virgen, nos daba la impresión de que Britney Spears sería la Madonna de los 2000.
Cuando definitivamente perdió la inocencia, cuando su discurso -el que ya nadie creía en todo caso- dejó de publicitar su castidad, se casó y se embarazó. Se puso gorda y terminó pariendo sobre un oso muerto.
Ahora se tiñó. Y sale en la portada de una revista en pelotas. Sonríe, cruza sus piernas ocultando sus vergüenzas y cubre sus pechos con las manos.
De que nos sigue sorprendiendo, lo hace. Aunque ya no es tan grato.