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domingo, junio 18, 2006

Richland, Missouri

Mi año en EE.UU. terminó y como este blog ya publicó muchas de sus historias y experiencias, otras se han ido quedando en el tintero. Ésta quedó crionizada es estado embrional, así que los pongo en contexto. Hace 31 años mi papá, El le, hizo como yo: mándose a cambiar por un tiempo al país del norte, aunque era más joven y terminó en un lugar tan distinto de Nueva York como lo son Iquique y Puerto Octay. Allí conoció a "sus papás gringos" un matrimonio entonces joven con hijos pequeños que hoy es una pareja de abuelos y a la que fui a visitar en el último capítulo de esta novela sin escribir. Todo se remonta al domingo 4 de junio...

El bus salía a las 9.45, pero salió a las 9.30 y no me fui sino hasta las 11.30. Schenectady y Albany quedaron rápidamente atrás y la Metrópolis de verdad me esperaba sin sorpresa. Así, tarde como siempre me esperaban en la capital y el nudo en la garganta de dejar todo aquello atrás se disipaba mientras el regreso se hacía cada vez más nítido al darme cuenta que el siguiente lunes yo terminaría ya con rumbo definitivo: el regreso a casa. Esta semana es un limbo: no es Santiago de Chile, como tampoco es Schenectady, Nueva York, aunque sí es un pequeño paréntesis, una semana de nadie, una semana sin más objetivo que vivir.

5 días repartidos casi equitativamente entre mi estadía en un pueblo perdido en el medio oeste de Estados Unidos y las cerca de 50 horas en autobús necesarias para llegar y salir de aquel punto en el mapa. Un pueblo donde seguro había un sheriff y bandidos a caballo, con veloces diligencias y prostíbulos cancanezcos: Richland, Missouri.

Me esperaban los Belshe, Sally y Steve, quienes me esperaban con los brazos, el corazón y su refrigerador abiertos de par en par, asimismo como recibieron a mi padre hace 36 años. Nadie en este país entendió por qué cresta iba a Missouri, un estado rojo perdido en el medio de la nada, lo que no entendían más que como una parada en el viaje por tierra entre la costa este y California. Preguntaban: ¿qué hay en Missouri? Y yo, que entendía la pregunta, respondía una y otra vez que la familia con la que mi papá se quedó cuando vino de intercambio cuando estaba en el colegio es de allí y no voy a hacer más que conocerlos. Así, tal cual, sin comas ni pausas. Mi interlocutor asentía, entendiendo el motivo del viaje, pero compadeciéndome silenciosamente de los tres días de tedio y aburrimiento que sus cabezas esperaban para mí. Como en realidad lo aburrido era el modo en que contaba la historia, decidí decir que iba a Missouri porque allí se encontraba el campamento Ernesto “Dude” Guevara, el único centro clandestino de entrenamiento paramilitar neo-marxista revolucionario del Ejército Rojo Estadounidense –ARA, por su sigla en inglés. Pero, esa cara de sorpresa incrédula y de córtala, saco de pelotas que tienes en este momento, nunca la pude ver porque nunca llegué a decirle eso a alguien.

Richland es un pueblo de mil ochocientos cinco habitantes, totalmente rural, de puertas sin pestillo, pequeños terratenientes que trabajan esforzada y alegremente su propia tierra, bicicletas infantiles y camionetas enormes, porque, aunque es muy distinto a Nueva York, esto sigue siendo Estados Unidos.

Mi padre, siempre prudente me advirtió el cambio de ritmo. Además de la hora menos respecto de la coste este, el horario de levantadas, comidas y actividades se adelantó un par de horas. El día comenzaba a las 6 de la mañana para ir a darles de comer a las vacas, trámite seguido de un desayuno express y una mañana de ocio. Almuerzo a las 11 y cena a las 17. Y así no más, a las 22, raja, el granjero se va a la cama.

Como huésped ejemplar y turista extremo que soy, las hice de granjero (en la medida de lo posible). Me compré un gorro de John Deer -aquella verdácea marca de tractores- para no desteñir y acarreé fardos de heno sin guantes, aunque mis manos citadinas, poco asiduas a los trabajos manuales, se quejan hasta hoy, cuando dos semanas después aún no sanan un par de ampollas.

Mis "abuelos gringos" estaban de lujo. Cómo recordaban a mi papá de adolescente y cuando los fue a visitar con mi hermano en 1999, cuánto me preguntaban por mi mamá y mi hermana, a quienes no conocen más que por fotografías, cómo había allí una foto de mi papá colgada en la pared, junto a hijos y nietos sanguíneos, cuán a gusto me sentí en esa casa; todo sólo me hizo darme cuenta cuán hondo se puede calar en la vida de las personas.

Viajar -y ésta es la gran moraleja de todo este año- no se trata sólo de fotografiar los grandes monumentos y cubrir la mayor cantidad de territorio, si no de empaparse de las realidades ajenas: de probar sus comidas y compartir sus costumbres, de experienciar otra vidas, abrirse el mundo de posibilidades que existen en nuestro planeta para vivir, conquistar corazones y dejarse conquistar, crear recuerdos, historias y poesías, regodiarse con lo que seguro nunca más vas a vivir...
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