Hace cuatro años falleció el que ven en la foto. Jaime Sotomayor, Jaime, Soto o Sotito, mi amigo, mateo de capirote, alto y negro, tranquilo, callado y tímido, aunque dotado de una fuerza descomunal. El primero de cuarenta compañeros de curso, el único a la fecha, menos mal.
Un amigo que está en todas. En la anécdota idiota, en el brindis año a año, en la convicción más profunda que morir a los veinte años es una de las frustraciones más crueles que la vida nos puede jugar; probablemente, tanto para él como para los que quedamos, amigos y familiares, que lo extrañamos más que nunca en enero cuando cumpliría años y lloramos su partida una vez más.
El tiempo cierra las heridas, ya no duelen, aunque sí recordamos cómo dolían. Hoy esas heridas son cicatrices. Ésas que son un relieve en la piel y que las sentiremos para siempre. Una cicatriz es el vestigio de una herida, una fuente donde manan sus historias, sus recuerdos; agua que cultiva sonrisas y carcajadas como cuando éramos veinte los que intentábamos controlarlo a la fuerza y él de dos sacudidas se liberaba sin apuros.
Hoy, a cuatro años de su muerte, Jaime es una historia, un montón de recuerdos: una realidad muy presente en nuestras vidas.