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domingo, enero 29, 2006

Machuca y el público gringo

A las 19.00 de ayer, las puertas de mi casa en Seward St. 207 se abrieron a público. La invitación extendida a toda la comunidad universitaria de Union College, le llevaba comida gratis y Machuca, de Andrés Wood.

La comida “latinoamericana” era tan latinoamericana como la comida china de Isabel la Católica con Manquehue es China, pero estaba harto buena. Pero no quiero contarles de la comida.

Asumo, de aquí en más, que todos vieron Machuca. Si no lo han hecho, métanse a bazuca.cl, arriéndenla, véanla y vuelvan a leer el post. La película, creo que la he visto unas cincuenta veces y mientras la primera vez me sorprendí, me gustó y, sí, algo me emocioné, cada vez que la veo nuevamente, la glotis se contrae cuando aún la película mantiene ese acento cómico-circunstancial de sitcom gringa donde el drama está en los aderezos narrativos.

Esta vez, tenía un sabor especial. Yo y Machuca estábamos dispuestos a desafiar al público estadounidense común y corriente. Ése cuya película favorita le lleva cheerleaders y autos a velocidades impensadas. Ése que jamás se ha enfrentado a leer subtítulos. Ése que no me dejó apagar la luz del habitáculo dispuesto para la proyección del filme porque “no puedo comer a oscuras” (Los comentarios han sido traducidos para la comodidad del lector).

Los que me conocen lo saben: a mí me gusta hacer las cosas a mi manera. Y las películas se ven, no se conversan. “Ésa es puta” dice una voz cuando a María Luisa (Aline Kupenheim) se le ve durmiendo tirada en la cama despidiéndose desganada de su hijo Gonzalo (Matías Quer) en la primera escena de la película. Comentarios, chistes, explicaciones… uno, dos, tres, diez, veinte… ¡CÁLLATE, MIERDA! Gritaba yo en el silencio de mis pensamientos furibundos.

Sin embargo, el comportamiento de la audiencia me permitió notar en la película algo de lo que no había dado cuenta antes. La inserción social de los niños en el colegio es entretenida. Gonzalo, Peter (Ariel Mateluna) y la Silvana (Manuela Martelli) se hacen amigos, se soplan en las pruebas, pelean, juegan juntos, atracan a la orilla del río… Me voy a detener en esta escena. Luego de abrir el tarro de leche condensada, los incómodos besos entre la niña de 14 y el chico de 11 causan risas y más comentarios entre la audiencia. Cuando cae la piedra y Pedro entra en escena, el tono de la película cambia. Ya no parece una película de High School a lo American Pie, ahora en la pantalla hay algo que sólo he visto en Machuca, una sensación nueva, una mezcla inteligible de sexo y juego infantil, un sexo inocente, aunque no tanto porque la Silvana sabe bien lo que hace, no sé si me explico bien. Éste fue el primer momento donde todos callados miraban la película y la canción que suena (muy bien elegida para la escena) era lo único que se oía. Vamos, Andrés –pensaba yo– estos gringos van a ver lo que es bueno. Esta escena es en chiquitito, lo que el filme entero causa en el público.

El contexto sociopolítico de la película entra a estas alturas a ser protagonista, Chile y la profunda división entre ricos, pobres, momios y comunistas no importó hasta que la María Luisa le dice “Rota de mierda” a la Silvana y ésta descubre que la “vieja de mierda” es la mamá del pituco. La cámara se fija en los rostros, la Silvana le dice a Gonzalo: “¿Ésa era tu mamita, hueón, ésa era tu mamita? Puta, hueón. Vieja de mierda. ¡Puta, puta, puta!”. “¿No ven? Les dije que era puta, creo que fue el comentario, “sssssssshhhhhhhhhhht” creo que fue la respuesta. Ambas de mis comisuras labiales se acercaron a sus respectivas orejas dejando entrever mis dientes mientras mis ojos evitaban mirar a la sancionada. La película se iba ganando a la audiencia. Su gradual cambio de tono es notable. Yo no había notado lo impecable que es. Definitivamente Machuca es una gran historia narrada brillantemente.

Los Hocker Hunters hicieron vibrar la casa de los Infante y la televisión en blanco y negro reúne en un oscuro cuadro a los niños y su nana, mientras su padre se fue a Italia y la mamá no había llegado, con el rostro de Pinochet dando la famosa declaración que todos conocemos y la imagen de La Moneda bombardeada. Entonces, los rostros eran de perplejidad. Los militares en el colegio, el cura McEnroe (Ernesto Malbrán) interrumpiendo la misa y apagando la lámpara del sagrario. Un dramatismo creciente que llega a un clímax notable, en el campamento cuando el milico tira a la Silvana al suelo y al apuntarla anuncia el inminente disparo.

El silencio se apoderó de la habitación. Algunas lágrimas cayeron por ahí (no las mías, éstas estaban trenzadas muy a propósito). Nadie dijo una palabra, mientras Gonzalo hacía uso de su status para escapar de la carnicería. “En una película hollywoodense, podrías esperar que Gonzalo renunciara a sus privilegios para salvar a su amigo, pero sale, ¿Cuándo va a pasar eso?” Me comentó a pedido una amiga.

Cuando la película terminó, nadie dijo nada como por treinta segundos. Dejé correr algo los créditos, nadie se movió. Quédate quieto y sin hablar por treinta segundos y verás que es más que la cresta. Mientras cruzaba la habitación para sacar el DVD, recién entonces la gente comenzó a moverse.