Uno de los grandes desafíos de la ciencia ficción es permitirle a los seres humanos viajar en el tiempo. Julio Verne, Terminator, Mampato son ejemplos muy distintos de cómo la literatura, el cine y el cómic buscan métodos para traspasar las barreras temporales y viajar al pasado o hacia el futuro.
El tiempo es también una excusa para contrarrestar la opinión jóven. ¡¿Cuántas veces han dicho que no puedo opinar acerca del gobierno de Allende o de los primeros años de la dictadura porque "no viví esos años"!? Parece que a los grandes se le olvida que una de las materias obligatorias en la educación formal es la Historia y que puedo opinar no sólo de la convulsión política chilena de los 70, sino también del conflicto entre Carrera y O'Higgins, acerca del Holocausto Nazi e inlcuso de las guerras púnicas. Pero en fin, no viví esa época.
Para poder opinar necesito una máquina del tiempo. Necesito haber vivido la UP, necesito haber hecho las colas y pelear en la calles, ver cómo tres tercios divididos hacían mierda un país entero. Pues, para sentirse en los 70, sólo deben ir a la columna de Hermóneges Pérez de Arce en El Mercurio. Por favor, lean lo siguiente:
El domingo, a las 11 de la noche, ya mi mujer y yo nos habíamos quedado solos con las malas noticias. Entonces, ella me miró a los ojos, como suele hacerlo para notificarme cosas terribles, del estilo de "hay que arreglar el cálifont" o algo así, y me dijo: "Hay que votar por Piñera".
Como se comprenderá, la idea me tenía desolado. Pero una de las leyes de Murphy afirma que si algo anda mal, siempre puede ponerse peor, y en seguida apareció Michelle para pronunciar su discurso de la victoria, rodeada de su familia. Pregunté a mi mujer quién era cada una de las personas que la acompañaban, pues yo no lo sabía. Pero sólo supo decirme que una era la madre y los demás los hijos, lo cual era obvio.
Entonces, ambos descubrimos no saber casi nada acerca de marido o maridos o, en fin, los padres de sus hijos. Esa ignorancia sería insólita en cualquier democracia. Desde luego, en la estadounidense, ya antes de una campaña electoral tienen radiografíado hasta el menor pormenor de la vida de sus candidatos, y lo publican en todos los medios. Aquí, eso parece de mal gusto.
Bueno, el hecho es que Michelle dijo un discurso más agresivo que cualquiera anterior, al final del cual nos quedó resonando su frase más aplaudida: "Cuando la Concertación sale a la calle, la derecha se pone a temblar". Nos hizo retroceder mentalmente a los tiempos en que, efectivamente, la izquierda salía a las calles y uno se ponía a temblar.
Recuerdo, en particular, cuando en 1971 y 1972 pasaban por Compañía, frente a "El Mercurio", de a ocho en fondo, millares de tipos con cascos amarillos y palos, atronando los aires con su lema: "El momio al paredón, la momia al colchón". Una vez, yo iba saliendo del diario y traté de pasar lo más inadvertido posible, con cara de "no momio".
Así se están poniendo las cosas. El juez Wilkey, un amigo norteamericano que vive su retiro en Chile, me refirió que un compatriota suyo, gerente acá por décadas de una empresa de utilidad pública, describía a nuestro país en los siguientes términos: "Chile, cada 25 años, se pone a punto de convertirse en país desarrollado, pero entonces se pega un balazo en el pie".
Yo pensé que iba a pegárselo con Lagos, pero su gobierno fue mucho menos malo que yo que yo anticipaba, y el balazo se postergó. Pero ya parece hora de dárnoslo. La izquierda extrema socialista (Michelle milita en ella) ha conquistado no sólo la Presidencia, sino más bancas en la Cámara y en el Senado. La Concertación tendrá mayoría en ambas y su único contrapeso moderador, la DC, se ha desinflado. Y la derecha, si bien es una minoría fuerte, está clínicamente muerta.
Sea como fuere, es obvio que debemos votar por Sebastián. "Primum vivere, deinde philosophari". Pero no saquemos cuentas alegres: él y Joaquín, sumados, llegan a 48,7 por ciento, mientras Bachelet y Hirsch sumaron 51,3 por ciento. Según esas cuentas alegres, Hirsch anunció que iba a votar nulo, pero eso nadie se lo cree y, si cumple, va a ser casi el único, pues la extrema izquierda, que ha estado por la vía armada para tomar el poder, no va a renunciar al voto para acercarse a él.
También las cuentas alegres dicen que parte de la DC va a apoyar a Piñera. Pero ese sector menos izquierdista del partido probablemente ya votó por Piñera y Lavín en
primera vuelta (por eso éstos sumaron más que los votos parlamentarios de sus colectividades, mientras Bachelet sumó menos que los de las suyas). La mayoría en la DC siempre ha sufrido del síndrome de Kerensky e, invariablemente, termina poniéndoles a los rojos la alfombra para que lleguen al poder.
Así es que, como manda Michelle, pongámonos a temblar.
Hermógenes es una especie de placer culpable. Me carga, pero me entretiene leerlo (algo así como el programa del cura Hasbún en el canal católico); debe reconocérsele también que el tipo escribe muy bien. Hermógenes es como mi máquina del tiempo, cuando lo leo, me siento un socialista en 1972. Entonces, el que tiembla soy yo.